TOCAR POR HOBBY O VIVIR DE LA MÚSICA: NO, NO SOMOS LO MISMO (Y LA SOCIEDAD DEBE APRENDER A DIFERENCIARLO)

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¿A que a nadie se le ocurriría contratar a un cirujano aficionado para una operación porque “le apasiona la anatomía y lo hace los fines de semana”, o a que nadie pediría a un estudio de arquitectura sin licencias ni seguros que diseñe un edificio a cambio de “cubrir la gasolina y un par de cervezas”? Voy más allá. Si algún falso cirujano hiciera una operación o un falso arquitecto firmara unos planos, acabaría en la cárcel si le pillaran. Pues en la música, estas tropelías pasan… y no pasa nada. Asistimos a diario a este fenómeno destructivo y a nadie parece que le importe. Asistimos a la absoluta incapacidad de la sociedad para distinguir entre un proyecto profesional y una afición de fin de semana.

Aclaremos algo desde el principio para que nadie se lleve a engaño: la música aficionada es maravillosa y muy necesaria. Juntarse en un local de ensayo tras la jornada laboral para tocar con amigos, liberar estrés y dar algún concierto local amateur es una actividad cultural noble y respetable. El problema no es el hobby; el problema es cuando el hobby suplanta a la profesión y revienta el ecosistema.

Un grupo profesional no es simplemente cuatro personas que tocan muy bien; es una estructura laboral con entidad jurídica propia, músicos cotizando en el régimen correspondiente, inversiones amortizadas y responsabilidades fiscales. Metas e infraestructuras totalmente opuestas a las de un grupo aficionado.

Cuando un grupo amateur acepta actuar gratis o por un caché simbólico en el mismo escenario donde debería programarse a una banda profesional, no está “haciéndose promoción”: está haciendo competencia desleal. Está dinamitando la posibilidad de que otros músicos paguen su factura de autónomos, sus equipos, sus ensayos y la seguridad social de sus familias. La culpa no es de ese grupo amateur que toca en un bar por 200 ó 300 euros cobrados en negro. Es culpa del que permite que esto pase. Desde el que programa ese concierto hasta de las Administraciones que no velan por las condiciones laborales de esos músicos. Un camarero tiene que tener contrato y nómina, pero ¿un músico no?

Por eso es urgente delimitar los espacios e imponer rigor normativo:

  • Debe haber circuitos diferenciados: La vía pública remunerada, las salas comerciales y los festivales con venta de entradas deben exigir rigurosidad profesional. El grupo aficionado debe acotarse a circuitos culturales específicos de carácter amateur. En una programación comercial no pueden convivir bandas profesionales y amateur, al menos sin que haya una clara diferenciación.
  • Transparencia en el cobro: Si una formación sin entidad jurídica ni alta en la Seguridad Social actúa, debería identificarse a cada persona y ese pago justificarse estrictamente como dietas o gastos de desplazamiento. Todo lo que no sea eso, es pagar “en B”. El problema radica cuando al grupo profesional y al amateur, a ambos, se les paga “en B”. Y lo peor, que aunque haya un cartel anunciándolo, estén llenas las redes sociales anunciando esos conciertos, ni los ayuntamientos ni la Agencia Tributaria ni la Seguridad Social les importa lo más mínimo. Salvo que haya un accidente, muera alguien y entonces todo el mundo se rasga las vestiduras y busca responsables.
  • El fan tiene derecho a saber: El público debe aprender a diferenciar cuándo está pagando por una estructura profesional y cuándo asiste a un evento de aficionados. Solo así se educa al oyente para valorar la música en su justa dimensión.

Música es trabajo amigos. Si queremos que existan bandas sólidas, giras de calidad y álbumes memorables, debemos dejar de tratar el escenario como un parque de atracciones sin regular. Separemos el ocio de la profesión. Respetemos a quien vive de esto.

Dignificar la música empieza por distinguir al profesional del aficionado.

Seamos dueños de lo que amamos.

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